El silencio invadió la mansión después de aquellas tres palabras.
—Destrúyanlo todo.
La mujer rubia dejó de sonreír inmediatamente. Su expresión de confianza desapareció mientras observaba al hombre guardar lentamente el comunicador en el bolsillo de su abrigo.
—¿Qué significa eso? —preguntó, intentando mantener la calma.
El hombre ni siquiera la miró.
Sus ojos permanecían fijos en Elena, que seguía arrodillada junto a la cubeta de limpieza. Sus manos temblaban y las lágrimas corrían por sus mejillas. Durante cinco años había creído que jamás volvería a verlo.
La mujer rubia dio un paso adelante.
—Soy tu esposa. Exijo una explicación.
Entonces el hombre finalmente giró la cabeza.
La mirada que le dedicó fue tan fría que ella retrocedió instintivamente.
—Ya no eres mi esposa.
La copa de vino cayó al suelo y se hizo añicos.
—¿Qué acabas de decir?
Antes de que pudiera obtener una respuesta, las puertas de la mansión se abrieron de golpe. Decenas de hombres vestidos de negro entraron al vestíbulo. Algunos comenzaron a retirar cuadros de las paredes, otros desconectaban sistemas electrónicos y varios más revisaban documentos en las oficinas privadas de la residencia.
La mujer rubia observaba la escena con incredulidad.
—¡Deténganlos! ¡Esta es mi casa!
—No —respondió el hombre—. Nunca lo fue.
Elena levantó lentamente la mirada.
No entendía lo que estaba ocurriendo.
Entonces el hombre caminó hacia ella.
Cada paso parecía eterno.
Cuando finalmente estuvo frente a la joven, se arrodilló para quedar a su misma altura.
—Lo siento.
Elena comenzó a llorar más fuerte.
—Pensé que habías muerto.
El hombre cerró los ojos durante un instante.
Cinco años atrás, durante un viaje de negocios, el avión privado en el que viajaba desapareció sobre el océano. Las autoridades lo declararon muerto junto con todos los pasajeros.
Pero la verdad era diferente.
Había sobrevivido.
Pasó años atrapado en una región aislada sin posibilidad de comunicarse con el exterior. Cuando finalmente logró regresar, descubrió algo aterrador.
La mujer que ahora vivía en su mansión había falsificado documentos, transferido propiedades y tomado el control de toda su fortuna.
Pero eso no era lo peor.
También descubrió que Elena, la mujer que había amado durante años y con quien planeaba casarse antes del accidente, había sido expulsada de la casa y obligada a trabajar como sirvienta.
La rubia comenzó a ponerse nerviosa.
—No puedes probar nada.
El hombre sacó una carpeta de su maleta.
—Ya lo hice.
La arrojó al suelo frente a ella.
Dentro había contratos falsificados, registros bancarios y testimonios firmados.
El rostro de la mujer perdió todo color.
—¿Cómo…?
—Porque durante meses investigué cada uno de tus movimientos.
Dos agentes de seguridad aparecieron detrás de ella.
Por primera vez, el miedo se reflejó en sus ojos.
Mientras era escoltada hacia la salida, gritó desesperadamente que todo era una mentira.
Nadie le creyó.
Cuando las puertas se cerraron, el vestíbulo quedó en silencio.
Elena observó al hombre sin saber qué decir.
Él extendió lentamente una pequeña caja de terciopelo.
La joven la abrió con manos temblorosas.
Dentro estaba el mismo anillo que él había comprado antes de desaparecer.
—Lo llevé conmigo todos estos años —dijo con una sonrisa triste—. Porque jamás dejé de buscar el camino para volver contigo.
Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Elena.
Y por primera vez en cinco años, el lugar que había sido escenario de tanto sufrimiento comenzó a sentirse nuevamente como un hogar.