El teléfono resbaló ligeramente de la mano del hombre.
—¿Qué dijiste? —preguntó con la voz temblorosa.
Al otro lado de la línea solo se escuchaba nerviosismo.
—Señor, todas las acciones fueron transferidas legalmente. Los contratos están firmados y registrados. Ya no pertenecen al grupo empresarial.
El rostro del hombre perdió todo color.
La mujer de vestido rosa que lo acompañaba observó confundida.
—¿Qué está pasando?
Pero él no respondió.
Su mirada se dirigió inmediatamente hacia la mujer del vestido negro, quien caminaba tranquilamente hacia la salida del restaurante.
—¡Espera! —gritó.
Todos los clientes giraron la cabeza.
Ella se detuvo junto a la puerta sin siquiera darse la vuelta.
—¿Cómo hiciste esto?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—De la misma forma en que tú planeabas quitármelo todo.
El hombre avanzó rápidamente hasta alcanzarla.
—Eso es imposible. Los documentos de divorcio me otorgaban el control de las empresas.
La mujer finalmente se giró para mirarlo.
—Los documentos que falsificaste.
El silencio invadió el restaurante.
La expresión de confianza que había tenido durante toda la noche desapareció por completo.
—No sabes de qué hablas.
—Claro que lo sé.
Ella sacó una pequeña carpeta de cuero negro.
—Porque fui yo quien permitió que pensaras que tu plan estaba funcionando.
La mujer rubia comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Qué quiere decir?
La empresaria abrió la carpeta y mostró varios documentos.
—Durante meses estuve reuniendo pruebas. Correos electrónicos, grabaciones, transferencias bancarias y conversaciones privadas.
El hombre sintió un escalofrío.
Ella continuó.
—Sabía que tú y tu amante estaban intentando quedarse con mis compañías.
La mujer de vestido rosa retrocedió un paso.
—Yo no tengo nada que ver con esto.
—Entonces no tendrás problema en explicarle a las autoridades por qué recibiste millones de dólares en cuentas secretas durante los últimos seis meses.
El pánico apareció en sus ojos.
El hombre comprendió que la situación era mucho peor de lo que imaginaba.
En ese momento sonaron varias sirenas en el exterior.
Las puertas del restaurante se abrieron.
Varios agentes ingresaron al lugar.
Los clientes comenzaron a murmurar.
Uno de los agentes se acercó directamente al hombre.
—Señor, necesitamos que nos acompañe.
—Esto es un error.
—Tenemos órdenes judiciales relacionadas con fraude corporativo, falsificación de documentos y lavado de dinero.
La mujer de vestido rosa quedó paralizada.
—No… no pueden hacer esto.
La empresaria observaba la escena con absoluta tranquilidad.
El hombre la señaló con rabia.
—¡Tú me tendiste una trampa!
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Luego dio un paso más cerca.
—La diferencia es que yo construí mi fortuna trabajando durante veinte años.
Su mirada se volvió fría.
—Y tú intentaste robarla en seis meses.
Los agentes colocaron las esposas en las muñecas del hombre.
Por primera vez, la arrogancia desapareció completamente de su rostro.
Mientras era conducido hacia la salida, volvió la cabeza una última vez.
—¿Qué harás ahora?
La mujer tomó su bolso y sonrió.
—Lo que siempre hice.
Miró por la ventana hacia los edificios iluminados de la ciudad.
—Empezar de nuevo.
Cuando salió del restaurante, una limusina la esperaba afuera.
Sin embargo, antes de subir, recibió una llamada.
Contestó y escuchó unas palabras que la hicieron detenerse.
—Señora, encontramos a su hija.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente en sus ojos.
Durante diez años había creído que jamás volvería a verla.
La empresaria levantó la vista hacia el cielo nocturno.
Acababa de recuperar su libertad, su fortuna y su futuro.
Pero la noticia que acababa de recibir valía mucho más que todas las empresas del mundo.